Las dos caras de Phelps, de fiera en la piscina a ángel frente a su familia

RIO DE JANEIRO. Feroz en la piscina y hambriento de gloria, se sensibiliza hasta las lágrimas al ver a su hijo de tres meses.

Michael Phelps mostró dos caras en Río de Janeiro, la del competidor insaciable, que siempre quiere más, y la del padre de familia que daría cualquier cosa por estar con los suyos.

Nunca fue de lagrimear mientras batía un récord olímpico tras otro, hasta llegar a marcas a las que probablemente nadie vuelva a acercarse siquiera. En los Juegos Olímpicos de Río, sin embargo, lloró en el podio luego de algunas de sus victorias. “Es que no veía la hora de alzar en mis brazos a Boomer”, su hijo de tres meses, confesó sin pudor.

“Siempre miro hacia la tribuna para ver a mi madre, a Nicole (Johnson, su prometida) y a Boomer”.

Nicole y Boomer parecen haberle dado estabilidad emocional al estadounidense, que antes de formar un hogar tuvo un par de arrestos por manejar ebrio, incluido uno el año pasado, y también fue pillado alguna vez fumando marihuana, lo que empañó un poco su imagen y le costó algunos patrocinios.

Phelps anunció su retiro luego de los Juegos Olímpicos de Londres del 2012. Tenía en su haber 18 medallas de oro (el doble que su rival más cercano) y 22 en total. Y acababa de conseguir una hazaña que nadie pensó sería posible: ocho medallas de oro en una misma justa olímpica.

Había triturado los logros de Mark Spitz, ganador de siete oros en una justa y uno de cuatro deportistas que totalizan nueve oros, cifra que fue considerada parámetro de grandeza hasta la llegada de Phelps. Ya no tenía nada que demostrar ni ganas de seguir sometiéndose a los rigores de la alta competencia.

En lo más íntimo de su alma, sin embargo, sentía que todavía podía dar más.



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