Bruce Springsteen, entre la depresión y "la sangre"

MADRID. Sin melodía de fondo, Bruce Springsteen habla por fin de sí mismo en su autobiografía, entre confesiones de una niñez marcada por el desafecto de un padre con depresión, un mal que reconoce haber sufrido él también, en contraposición con el vigorizante olor “a sangre” que le suministra la música.

En evocaciones como esa, cargadas de fuerza lírica, es donde se reconoce al autor de “Darkness on the edge of town” y donde radica uno de los grandes atractivos de “Born to run” (Penguin Random House), la primera autobiografía del célebre músico estadounidense, que hoy cumple 67 años, cuatro días antes de que se lance el libro, casi en paralelo que el disco “Chapter and verse” (Sony Music).

No se proclama mundialmente a alguien como el “Boss” sin escudriñar cada uno de sus recovecos y convertirlo casi en objeto de investigación. Ya había material en el mercado en torno a su vida y obra (”Bruce”, de Peter Ames Carlin, era la más relevante hasta el momento), pero por exhaustivo que un tercero quiera ser, siempre quedarán cavernas que solo la montaña conoce.

Todo empieza en Freehold, Nueva Jersey (EE.UU.), en una humilde vivienda sin agua caliente, en el seno de un hogar italo-irlandés de tres hijos y escasos medios, inevitablemente católico, incardinado entre un convento, una iglesia, una madre intrépida e inasequible al desaliento y un padre desesperanzado.

“Había sido testigo de lo que tenía que ser el rostro posesivo de Satanás: mi pobre padre destrozando la casa en plena noche en un ataque de rabia provocado por el alcohol, aterrorizándonos a todos.

Había sentido cómo nos visitaba esa contundente fuerza de las tinieblas bajo la forma de mi frustrado padre… la amenaza física, el caos emocional y el poder de no amar”, escribe.

Sorprendentemente, Springsteen se descubre como un joven enclenque, débil de carácter y pequeño dictador, malogrado por los almidones de su abuela paterna, que lo crió en los primeros años, una flaqueza -opina- demasiado similar a la que albergaba su padre en su interior y que lo distanciaba de él.

“Mi madre me colmaba de afecto. Redoblaba el amor que yo no recibía de mi padre”, cuenta en otro momento. Ella fue su motor, la amante del “top 40” radiofónico y la persona que le proveyó de su primera guitarra, alquilada.

La mañana que tenía que devolverla, se plantó ante unos cuantos niños del vecindario. “La sacudí… Le grité… La aporreé… Canté un vudú sin sentido… Hice todo menos tocarla…”, relata sobre “un fugaz momento, apenas un instante”, en el que olió “la sangre”.



Source: Farandula