El ingenio cubano y la pesca con preservativos

LA HABANA. Juan Luis Roselló se sentó durante tres horas en la costa a sentir el viento soplar desde el Estrecho de la Florida y ver cómo empujaba las olas con fuerza contra el Malecón de La Habana.

A medida que la oscuridad cubría la ciudad y el aire invertía su dirección, Roselló sacó cuatro condones de un bolso cruzado a su hombro y comenzó a inflarlos. Este empleado de una cafetería estatal de 47 años los ató poco antes del final de la línea de nailon de su caña de pesca, los lanzó al agua y miró cómo se alejaban mar adentro, donde los peces grandes podían picar.

Después de más de cinco décadas de embargo estadounidense y de años de crisis de la economía tras la caída de la Unión Soviética, los cubanos se convirtieron en maestros para inventar soluciones ingeniosas con recursos extremadamente limitados.

Una de las más creativas es la usada por Roselló: la “pesca con globo”, un boom en el pequeño mundo de los hombres de mar, algunos de los cuales complementan sus salarios estatales de unos pocos dólares o incluso viven de esta actividad.

La técnica consiste en inflar tres o cuatro preservativos, anudándolos de forma tal que uno de ellos quede hacia arriba, para que sirva de vela. Hay que esperar el cambio del viento, de la tierra hacia el mar, y lanzarlos al agua para que el conjunto flote alejando la línea a unos 300 metros de distancia, por donde pasan pargos, gallegos, bonitos y coronados.

“Cuando hay mucho aire, pocos globos; cuando hay mucho se inflan menos”, explicó Roselló, quien lleva más de una década pescando junto a su amigo Iván.

Ambos armaban en silencio sus “globos”, mientras el oscuro mar de noche golpeaba las rocas debajo del Malecón habanero, las algas fluorescentes daban toques verdes bajo una enorme luna y los ruidos amortiguados llegaban desde la ciudad.

Los “globos” no se ajustan directamente a la línea: van atados a un hilo de coser que los mantiene lejos del sedal para evitar enredos. La carnada viva se coloca con dos anzuelos para no perderla o que los grandes peces se escapen cuando piquen.

“Nadie puede tirar a mano a esta distancia”, comentó a la AP, Iván Muño de 56 años, el amigo de Roselló con quien se quedó casi hasta la medianoche.



Source: Noticias del Mundo